No todo son balas

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Debbie Monhblat, colombiana de origen judío, voluntariamente se incorporó al ejército y participó en el conflicto más antiguo del mundo: la confrontación de judíos y palestinos. Sus reflexiones son de gran valor para conocer el lado sentimental y humano de una guerra que va más allá del simple choque armado.

Apolinar Martínez/Israel Internacional

He de confesar que me sentí conmovido al leer en el diario El Espectador de Colombia,  una entrevista realizada a una joven de apenas 22 años, que formaba parte el ejército israelí, por decisión propia. “Yo quería vivir aquí, anhelaba ser como cualquier ciudadana y por eso prestar servicio militar era mi aporte al país”. “En Israel todo el mundo tiene que prestar servicio, a menos de que tenga una condición médica que se los impida”. Por eso, para 2016,  ya hacía parte de las Fuerzas Armadas.

Debbi Mohnblatt (der.) llegó al Ejército de Israel en el 2016

Vida de soldado

La soldado estuvo durante dos años en el Ejército de Israel. Un tiempo de transición de gobiernos en Estados Unidos, uno de los más grandes aliados. El conflicto palestino-israelí lleva más de cincuenta años y ha pasado por varios procesos de paz. Los más reconocidos históricamente fueron los acuerdos de Oslo I y II, realizados en 1993 y 1995, respectivamente.

Durante dos años, la joven bogotana fue soldado de coordinación y comunicación. Su trabajo era dialogar diariamente con la autoridad palestina para llegar a acuerdos en diferentes circunstancias que se vivían en el conflicto armado. Una de las tareas que realizaba era justamente verificar que todo estuviera en orden en los checks points, los puntos en los que los habitantes de diferentes zonas tienen que mostrar sus papeles para pasar de un lado a otro. Israel es un país que está dividido por zonas, por muros y por muertos que aún son recordados con dolor.

El lado humano

Por tratarse de un enfrentamiento armado de tantos años, es claro que ha dejado secuelas irreparables, pero ese ambiente de confrontación que crece a pasos agigantados desde los televisores y periódicos del mundo occidental no es necesariamente lo que se vive en las calles de Israel. “Es cierto que hay un conflicto y eso no se puede negar. Pero el conflicto para mí está más en los líderes, porque en el día a día la gente realmente es muy inclusiva y todos tratan de llevarse bien”.

Mohnblatt todas las mañanas se tomaba un café con los soldados palestinos en su base ubicada en Judea y Samaria, una de las zonas más críticas del conflicto por la concentración de sitios religiosos importantes para judíos y palestinos.

“Recuerdo mucho el día de mi cumpleaños. Las dos personas de la autoridad palestina que venían a gestionar los permisos con nosotros entraron a la oficina con bombas de fiesta y cantando feliz cumpleaños en árabe. Eso a mí me impactó mucho, porque entendí que ese era el lado humano de la guerra que uno nunca ve”.

Hoy, tres años después de su experiencia en el Ejército de Israel, la colombiana agradece haber podido pasar lo que vivió: las pérdidas, ver el dolor, y, sobre todo, transmitir la realidad del ser humano y no desde algún extremo. Desde la cotidianidad de quienes están allí día a día y no desde las historias de horror y extremismo con las que se suele contar esta lucha.

Lo cierto es que, siendo aceptable para unos y seguramente reprochable para otros, ella entendió la guerra de otra forma: desde una perspectiva un poco más esperanzadora. “Me impactó darme cuenta de que no todo era tan hostil. Yo creía que allá todos pensaban que ‘si tú eres de un lado y yo del otro entonces estamos en guerra’, pero la verdad es que resultó un proceso más humano. Me di cuenta de que este conflicto no es blanco o negro, sino que puede existir una amplia escala de valores.

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