Murió Ivry Gitlis “El último mohicano” del violín

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La muerte de Ivry Gitlis, nacido en Haifa, actual Israel, 1922, termina la carrera del más grande violinista de nuestro tiempo, comparado con el inmortal Paganini.

Apolinar Martínez/Israel Internacional.-

Una vida de casi un siglo le permitió unirse a leyendas de la música con John Lenno y Keith Richards, sino que tocó al mismo tiempo estrenos de nuevas composiciones de vanguardia para violín, de Bruno Maderna y Iannis Xenakis. También participó como secundario en varias películas de los setenta, como en Diario íntimo de Adela H., de François Truffaut. E incluso revolucionó, en 1972, el concepto clásico de festival en Vence, al sur de Francia, donde colaboró con Léo Ferré para convertir la música en una experiencia comunitaria entre artistas y público.

Siempre mantuvo una forma tan fascinante como extrema de tocar su instrumento. Gitlis llegaba más lejos que nadie y durante una interpretación del Concierto para violín de Chaikovski, en La Habana, en 1960, terminó con su Stradivarius sin puente y con las cuatro cuerdas rotas.

El alma y la cuerda

Su autobiografía, El alma y la cuerda, que publicó en francés, en 1980, y reeditó ampliada, en 2013, en Buchet-Chastel, conforma el relato de un músico ardiente y ferozmente independiente. Nacido en la antigua Palestina, dentro de una familia de origen ruso, fue descubierto por Bronisław Huberman a los nueve años.

Estudió con grandes maestros (Jules Boucherit, Carl Flesch, George Enescu, Jacques Thibaud y Theodore Pashkus) aunque no siguió a ninguno de ellos. Lo prueba su participación, en 1951, en el Concurso Long-Thibaud, con un injusto quinto premio que desató la furia del público. Y lo confirman sus legendarias grabaciones para Pathé-Vox, a partir de 1953, de los conciertos violinísticos de Berg, Sibelius, Stravinski y Hindemith, junto a Bartók (Concierto nº 2 y Sonata para violín solo). Versiones intensas, frescas y llenas de carácter, con una técnica asombrosa y una sorprendente habilidad para colorear cada nota, a pesar de un acompañamiento orquestal que no está a la misma altura.

La inspiración de Paganini

Paganini fue otro compositor que inspiró a Gitlis vehementes versiones de sus dos primeros conciertos. Pero nunca terminó satisfecho con su registro, de 1976, de los Caprichos para violín solocuya publicación tan sólo permitió en 2006. En el Institut national de l’audiovisuel se han conservado varias filmaciones suyas, hoy disponibles en DVD, que completan visualmente su admirable forma de tocar. Pero Gitlis nunca “colgó” su maravilloso Stradivarius “Sancy” de 1713.

Prueba de ello es el documental holandés Inspiration (2010), sus tardías colaboraciones con la pianista Martha Argerich o el famoso concierto que protagonizó, en 2012, con motivo de su 90 cumpleaños, en el Palais des Beaux-Arts de Bruselas, junto a jóvenes amigos (los violinistas Maxim Vengerov y Janine Jansen, el violista Amihai Grosz y el violonchelista Steven Isserlis) a quienes trataba de inspirar. Y es que, en su última entrevista en la revista The Strad, en agosto de 2012, Gitlis se quejaba de que hoy todos los músicos de cuerda suenan igual, piensan lo mismo (“como en una dictadura”) y desdeñan los conflictos. No fue un artista fácil, pero sí el “último mohicano” de su instrumento.

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