Moshé líder, Moshé pastor

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El censo de nuestros antepasados en el desierto se llevó a cabo a contando las monedas. A cada uno se le exigió un aporte de majtzit hashékel y de esta manera se pudo determinar fácilmente la población total de nuestro pueblo. Se sumó el dinero y el total de los shekalim dividido por la mitad arrojó el número de hebreos. Los jajamim señalan que este aporte de majtzit hashékel fue exigido tres veces. Para la construcción general del Mishkán, que era el tabernáculo del desierto; para los adanim, que son los cuencos que se utilizaron para armar el mismo; y para la adquisición de los animales para el sacrificio diario.

Rabino Pynchas Brener/Israel Internacional

La contribución de majtzit hashékel, la mitad de un shékel (el nombre de la actual unidad monetaria del Estado de Israel) alude al hecho que cuando uno contribuye a alguna causa no puede aspirar a terminarlo todo. El máximo aporte es majtzit, la mitad, porque se requiere usualmente el concurso de personas y factores adicionales. Además, la palabra majtzit sugiere que uno nunca esta al día con sus contribuciones. Por más que uno aporte, apenas puede alcanzar a una mitad de las posibilidades. Es interesante notar que la palabra utilizada en nuestro texto es venatenú, “y darán” que en el original hebreo se puede leer igualmente tanto de derecha a izquierda, como de izquierda a derecha. Este hecho es muy ilustrativo del hecho de que uno recibe en la medida que uno otorga. Gran parte de las relaciones humanas, tales como la amistad, la fraternidad, el amor, son proporcionales a esta interdependencia y el intercambio de los sentimientos entre las partes, que deben actuar en ambos sentidos. Por último, el hecho que los sacrificios diarios eran adquiridos a través de esta contribución pública, hacía que todos participaran del culto en igualdad de condiciones.

Nuestros capítulos hacen mención especial de un tal Betzalel, de la tribu de Yehudá, que fue el artista conceptual y artesano del tabernáculo. (La escuela de artes plásticas de mayor renombre en Israel lleva este nombre). La Torá, al caracterizar a este Betzalel, utiliza la expresión jajam lev, que quiere decir inteligencia de corazón. Esta expresión sugiere que tal vez, en el lenguaje bíblico, la facultad intelectual se ubica en el corazón. Desde luego, nos encontramos únicamente frente a un simbolismo literario. Cuando en nuestro lenguaje cotidiano nos referimos a una persona que posee un buen corazón, ¿acaso estamos afirmando al mismo tiempo que los sentimientos humanos se pueden localizar físicamente en este corazón? En el idioma de la Mishná, en cambio, el corazón es utilizado como el símbolo y el lugar donde se ubican los sentimientos. Por lo tanto, el estudio de nuestros textos requiere que se conozcan las figuras literarias utilizadas en esa época, como las realidades sociales y políticas que predominaban en aquellos días.

La lectura semanal enseña que aun el proceso de la construcción del tabernáculo, que por definición es una labor sagrada, debe regirse por las leyes del Shabat. Este día sagrado es denominado berit olam, que es un pacto eterno. Según el texto, el Shabat es “una señal para siempre” de que el Señor hizo el cielo y la tierra en seis días y en el séptimo día cesó de crear y descansó. De esta manera, una vez más la Torá hace énfasis en la importancia singular del día semanal de descanso, que se ha convertido en el eje de los derechos humanos fundamentales y la base de cualquier legislación sobre el trabajo.

Un tema central de nuestra lectura es la construcción de un éguel hazahav que es un becerro de oro, debido a que Moshé tarda excesivamente en descender del Monte Sinaí. La revolucionaria noción de un solo Dios, único e invisible a la mirada humana, no puede sobrevivir ni a un solo momento de incertidumbre. Aharón, el hermano de Moshé, colabora con la muchedumbre en la elaboración de este ídolo, como una táctica dilatoria ¿(o, tal vez, aprovecha la desaparición de su hermano y se propone asumir el mando accediendo al deseo popular)? Este episodio es trágico en extremo, porque es una demostración de la inestabilidad y de la debilidad de la fe de nuestros antepasados, que a escasos días de la revelación Divina, retroceden al prototipo de la idolatría. Rambán y otros comentaristas sugieren que el “becerro” no es más que una representación física de Moshé, porque al reaparecer este último, cesa rápidamente toda nostalgia por la idolatría que reinaba por doquier en Egipto.

El desarrollo de este momento doloroso, permite que Moshé demuestre su gigantesca personalidad y su espíritu extraordinario. Moshé es el éved HaShem, que quiere decir el sirviente de Dios, por excelencia. Pero igualmente es el líder y el pastor de su pueblo. Como resultado de la adoración del “becerro” por el pueblo, Dios le advierte a Moshé que se propone destruir el “pueblo elegido” para seleccionar otro pueblo al que también será numeroso. Moshé reacciona entonando una súplica razonada y emocional, exclamando shuv mejarón apeja vehinajem al haraá leameja, “reconsidera Tu ira, apiádate y no le hagas mal a Tu pueblo”. Moshé argumenta que los otros pueblos de la tierra concluirán que Dios es impotente para llevar a Su pueblo a la Tierra Prometida. “Recuerda a Tus siervos AvrahamYitzjak y Yaacov, a quienes prometiste bajo juramento” continua Moshé, utilizando todos los argumentos posibles en defensa de su pueblo, de su rebaño, el que aunque se rebela y desobedece, sigue siendo su familia y su gente.

El Zóhar, la obra magna del mundo de la Kabalá, diferencia entre las plegarias y las súplicas de tres personajes bíblicos claves que son Nóaj, Avraham y Moshé. El Zóhar destaca que cuando Dios le participa a Nóaj que está por destruir a la humanidad y a todo ser viviente, éste reacciona con resignación y sin protesta. En ningún momento se le escucha algún reproche por la decisión Divina. En la concepción de Nóaj, aparentemente, la voluntad de Dios tiene una cualidad absoluta que no permite que el ser humano lo rete o que ponga en tela de juicio Su justicia. En cambio, sugiere el Zóhar, cuando se le informa a Avraham de la inminente destrucción de Sedom y Amorá, se desarrolla en nuestro texto una confrontación entre el hombre y su Dios. ¿Cómo es posible, cuestiona Avraham que quien juzga a toda la tierra no haga justicia? ¿Es posible que se castigue al justo simultáneamente con el malvado? En la concepción de Avraham, Dios tiene que ser correcto, aun al nivel de la limitada comprensión humana. Avraham admite que todo crimen debe recibir su castigo y si los habitantes de Sedom Amorá son culpables de las inmoralidades señaladas, deben sufrir las consecuencias de sus acciones.

El caso de Moshé es totalmente diferente. Moshé ha presenciado con sus propios ojos el yugo de la esclavitud. Tiene que huir del palacio del Faraón por haber defendido, con sus manos, una de las injusticias que se cometían contra su pueblo. Moshé tiene que luchar contra la “dureza del corazón” del Faraón, pero igualmente tiene que vencer la apatía de su pueblo y su reticencia a enfrentar un futuro de interrogantes e inestabilidad en el desierto. A cada momento recordarán que si en Egipto había seguridad y abundante comida, cuál era entonces la finalidad de ser conducidos a morir en el desierto. ¿No había suficientes sepulturas en el país de las grandes pirámides y de la adoración de los muertos? La relación de Moshé con su pueblo no es objetiva. Existe un cúmulo de experiencias comunes que los unifica. En el lenguaje bíblico, nafshó keshurá benafshó, tal como el alma de Yaacov estaba atada al alma de su hijo menor Binyamín, el espíritu de Moshé estaba compenetrado en una alianza eterna con el geist de su pueblo, el pueblo hebreo.

Nos encontramos frente a un nuevo desarrollo de la relación de afecto y responsabilidad del líder por su comunidad. Para Moshé, aun cuando el pueblo judío peca y yerra, aunque se equivoca y se desvía del camino, no cesa de ser su pueblo. Esta idea reaparecerá en la Mishná con la máxima, Israel af al pi shejatá, Israel hu, “Israel aun cuando peca, continua siendo Israel”.

Lejos de ser el implacable y severo conductor del pueblo judío, Moshé revela poseer la sensibilidad del padre que comprende las fallas y las debilidades de un hijo. Recrimina a este hijo, pero eventualmente perdona porque jamás deja de quererlo. Lo ama incluso en los momentos cuando está más alejado y ha abandonado las enseñanzas paternas, porque un padre nunca deja de abrigar la esperanza, que transforma en convicción, del retorno del hijo al sendero de la moralidad.

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