Diferencia entre eficacia y efectividad

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Los expertos afirman que es fácil malinterpretar los primeros resultados porque el lenguaje que utilizan los investigadores de vacunas para hablar de sus ensayos puede ser difícil de entender para las personas ajenas a ellos.

Carl Zimmer*Israel Internacional.-

Que una vacuna resulte más de 90 por ciento eficaz no significa que efectivamente protegerá a 90 de cada 100 personas en el mundo real.

La carrera por las vacunas avanza mucho mejor de lo que se esperaba: Pfizer y BioNTech anunciaron que su vacuna tenía una tasa de eficacia del 95 por ciento. Moderna ha cifrado la eficacia de su vacuna en un 94,5 por ciento. En Rusia, los fabricantes de la vacuna Sputnik afirmaron que su tasa de eficacia era superior al 90 por ciento.

“Estos resultados cambian las reglas del juego”, dijo Gregory Poland, investigador de vacunas de la Clínica Mayo. “Todos esperábamos entre un 50 y un 70 por ciento”. De hecho, la Administración de Alimentos y Medicamentos (FDA) había dicho que consideraría la posibilidad de conceder una aprobación de emergencia a las vacunas que mostraran solo un 50 por ciento de eficacia.

Esto es lo que tienes que saber sobre la efectividad real de estas vacunas

La lógica fundamental que subyace a los ensayos de vacunas actuales fue elaborada por los estadísticos hace más de un siglo. Los investigadores vacunan a algunas personas y dan un placebo a otras. A continuación, esperan a que los participantes enfermen y observan cuántos son los enfermos de cada grupo.

En el caso de Pfizer, por ejemplo, la empresa reclutó a 43.661 voluntarios y esperó a que 170 personas tuvieran síntomas de COVID-19 y dieran positivo en la prueba. De estas 170, 162 habían recibido una inyección de placebo y solo ocho habían recibido la vacuna real.

A partir de estas cifras, los investigadores de Pfizer calcularon la fracción de voluntarios de cada grupo que enfermaron. Ambas fracciones eran pequeñas, pero la fracción de voluntarios no vacunados que enfermó fue mucho mayor que la de los vacunados. Los científicos determinaron entonces la diferencia relativa entre esas dos fracciones. Los científicos expresan esa diferencia con un valor que llaman eficacia. Si no hay diferencia entre los grupos de la vacuna y el placebo, la eficacia es cero. Si entre los enfermos no había ningún vacunado, la eficacia es del 100%.

Una eficacia del 95 por ciento es sin duda una prueba convincente de que una vacuna funciona bien. Pero esa cifra no indica tus posibilidades de enfermar si te vacunas. Y por sí sola, tampoco dice hasta qué punto la vacuna reducirá la COVID-19 en Estados Unidos.

La eficacia y la efectividad están relacionadas entre sí, pero no son lo mismo. Y los expertos en vacunas dicen que es crucial no confundirlas. La eficacia es solo una medida realizada durante un ensayo clínico. “La efectividad es lo bien que funciona la vacuna en el mundo real”, afirma Naor Bar-Zeev, epidemiólogo de la Escuela de Salud Pública Bloomberg de la Universidad Johns Hopkins.

Es posible que la efectividad de las vacunas contra el coronavirus coincida con su impresionante eficacia en los ensayos clínicos. Pero si las vacunas anteriores sirven de guía, la efectividad puede resultar algo menor.

El desajuste se debe a que las personas que participan en los ensayos clínicos no son un reflejo perfecto de la población en general. En el mundo real, las personas pueden tener una serie de problemas de salud crónicos que podrían interferir con la protección de una vacuna, por ejemplo.

Los Centros para el Control y la Prevención de Enfermedades tienen un largo historial de seguimiento de la efectividad de las vacunas tras su aprobación. La agencia publicó en su sitio web información sobre sus planes para estudiar la efectividad de las vacunas contra el coronavirus. Se buscará la posibilidad de comparar la salud de las personas vacunadas con la de otras personas de su comunidad que no hayan recibido la vacuna.

Los ensayos clínicos llevados a cabo por Pfizer y otras empresas se diseñaron específicamente para ver si las vacunas protegen a las personas de enfermar por la COVID-19. Si los voluntarios presentaban síntomas como fiebre o tos, se les realizaban pruebas para detectar el coronavirus.

Pero hay muchas pruebas de que la gente puede infectarse con el coronavirus sin mostrar nunca síntomas. Por tanto, es posible que algunas personas que se vacunaron en los ensayos clínicos también se infectaran sin darse cuenta. Si esos casos existen realmente, ninguno de ellos se refleja en la tasa de eficacia del 95 por ciento.

Las personas asintomáticas pueden seguir contagiando el virus a otros. Algunos estudios sugieren que producen menos virus, lo que los convierte en una amenaza menor que las personas infectadas que desarrollan síntomas. Pero si las personas se vacunan y luego dejan de usar mascarillas y tomar otras medidas de seguridad, sus posibilidades de contagiar el coronavirus a otros podrían aumentar.

“Podría darse esta situación paradójica de que las cosas empeoren”, dijo Bar-Zeev.

Las vacunas no protegen solo a las personas que las reciben. Como frenan la propagación del virus, con el tiempo también pueden reducir las tasas de nuevas infecciones y proteger al conjunto de la sociedad.

Los científicos llaman a esta forma amplia de efectividad el impacto de una vacuna. La vacuna contra la viruela tuvo el mayor impacto de todos, haciendo desaparecer el virus en la década de 1970. Pero incluso una vacuna con una eficacia extremadamente alta en los ensayos clínicos tendrá un impacto pequeño si solo unas pocas personas acaban por recibirla.

“Las vacunas no salvan vidas”, afirma A. David Paltiel, profesor de la Escuela de Salud Pública de Yale, pero “Los programas de vacunación sí salvan vidas”.

Paltiel y sus colegas publicaron un estudio en la revista Health Affairs en el que simularon el próximo despliegue de las vacunas contra el coronavirus. Modelaron vacunas con índices de eficacia que iban de altos a bajos, pero también consideraron la rapidez y amplitud con que se podría distribuir una vacuna mientras la pandemia sigue avanzando.

Los resultados, según Paltiel, fueron desoladores. Él y sus colegas descubrieron que cuando se trata de reducir las infecciones, las hospitalizaciones y las muertes, el despliegue importaba tanto como la eficacia. El estudio dejó a Paltiel preocupado porque Estados Unidos no ha hecho lo suficiente para prepararse para la distribución masiva de la vacuna.

“El tiempo se está agotando”, advirtió. “La infraestructura va a contribuir al menos tanto, si no es que más, al éxito del programa que la propia vacuna”.

*Carl Zimmer es el autor de la columna Matter. Ha publicado trece libros, entre ellos She Has Her Mother’s Laugh: The Powers, Perversions, and Potential of Heredity@carlzimmerFacebook

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