Despotismo o cesarismo democrático

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El término cesarismo indica aquel gobierno centralizado en la figura de un líder militar o civil que ejerce el poder para garantizar, supuestamente, la paz, progreso y seguridad de su pueblo.

Juan José Monsant Aristimuño.-

Esa forma de gobierno se deriva del Emperador romano Julio Cesar y conlleva el culto a la personalidad, que normalmente deriva en despotismo, y desprecio por las normas por él mismo impuestas. A partir de allí el concepto se repitió a través de los siglos en diferentes figuras históricas: Napoleón, Bismark, Primo de Rivera, Hitler, Mao, Kim Il Sun y Stalin; los nuestros fueron meros caudillos sin mayores pretensiones. Pero culto a la personalidad, en nuestra América, solo unos pocos, Perón, Pérez Jiménez en menor grado, y definitivamente Fidel, Chávez, Daniel Ortega, Cristina Kirchner, Correa y Evo. 

En tanto que el Despotismo Ilustrado, de origen más reciente coincide con la aparición de la Ilustración en el siglo XVIII, fruto de la evolución de la historia, interpretada en pensamientos de la talla de Montesquieu, Rousseau, Voltaire, Diderot, Spinoza y una pléyade de escritores, compositores, religiosos y políticos, que culminó en la Revolución francesa de 1789, y los movimientos independentistas de América.

Fue un paso más en la evolución de la humanidad. Ilustrado porque las monarquías absolutistas, algunas de ellas, asumieron que “deberían gobernar para el pueblo, pero sin el pueblo”, llevar salud, educación y alimentación a sus ciudadanos, pero solo hasta allí. De la Independencia de los EE.UU., su Constitución y de la Revolución francesa se derivó el concepto de  soberanía popular, esto es, que la soberanía no reside en el Jefe o Monarca, sino en la nación, el pueblo, quien delega su ejercicio administrativo, por razones practicas, en un gobierno elegido por el ciudadano, el elector, por un período de tiempo determinado, bajo el esquema de la estricta independencia, equilibrio y separación de los Poderes Públicos estipulados en la Constitución.

Toda esta evolución histórica desde de los jueces del Antiguo Testamento, pasando por reyes, emperadores y presidentes ha conllevado el principio de los “limites del poder”, para evitar el despotismo, la tiranía y el populismo. Es lo que los norteamericanos han conceptualizado como el sistema de “Checks and Balances”, quizá lo que los ha llevado, hasta ahora, en ser la democracia más libre y auténtica con el mayor resultado de libertad, prosperidad y respeto para su pueblo, y referencia para mundo.

Y nos atrevemos a decir hasta ahora, porque observamos con legítima preocupación, por lo que conlleva en consecuencias para el mundo libre y la cultura occidental, una reiterada tendencia presidencial en despreciar, ignorar, desacreditar e incluso burlar ese “Checks and Balances”, que ha ofrecido la seguridad de que se convive en un estado sujeto a leyes justas, oportunas y respetuosas de las instituciones republicanas, la dignidad y la solidaridad humana.

Muy lejos de lo que coloquialmente denominamos “repúblicas bananeras”, sujetas más a la voluntad del gobernante de turno, que al respeto a las normas constituciones.

Ese “cesarismo democrático” como lo denominare el sociólogo venezolano Laureano Vallenilla Lanz, con el fin de legitimar y justificar la dictadura de Juan Vicente Gómez, hace descansar en un hombre o “gendarme necesario” la felicidad de su pueblo; pero manteniendo la formalidad de las instituciones y poderes públicos existentes sometidos al ejercicio unipersonal del poder, con la excusa de educar y mantener el orden interno necesario para la seguridad y progreso nacional.

Es cierto que las democracias representativas están rezagadas en la evolución acelerada del actual mundo, y necesita reformulaciones sin perder su esencia, pero así como hay que mantener los limites del poder del gobernante generacionalmente más actualizado, los estamentos políticos económicos y culturales tradicionales deben dejar a un lado la comodidad del pasado, los prejuicios y mezquindades  para comprender, aceptar y ceder el paso a lo nuevo, sin renunciar a la alerta de la tentación cesarista que pudiere presentarse en este choque histórico, sea en El Salvador, los Estados Unidos o España.

No menciono a Venezuela, porque eso es un cartel internacional del crimen organizado, que hay que destruir.

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