Dachau y por qué no puede olvidarse el Holocausto

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Apolinar Martínez/Israel Internacional

Cómo imaginar que el acudir a unos Juegos Olímpicos, a los que va lo más selecto de la juventud mundial, podría devenir en uno de los momentos más tristes, conmovedores, y al mismo tiempo aleccionadores de nuestra vida periodística.

Pero en eso devinieron los Juegos Olímpicos de Munich 1972, a los que acudí como periodista del diario deportivo Meridiano, acompañando a la delegación atlética venezolana.

Todo el entusiasmo, la alegría y fiesta que significaba ver a los deportistas rompiendo records mundiales, donde el nadador norteamericano Mark Spitz hasta alcanzó siete récords , se vinieron al suelo cuando un grupo de terroristas palestinos  tomó por asalto a la delegación de Israel, situada en un edificio paralelo al venezolano, desde donde podíamos ver a los hombres enmascarados y armados.

No comentaré nada de lo allí acontecido, entre lo que debe destacarse la actitud valiente de la primera ministra Golda Meier quien se negó a que se suspendieran los juegos, “porque ello significaría un triunfo para los malhechores”.

La visita al campo en Dachau

Pero si pensaba que lo había visto todo, ello quedó borrado cuando acudimos como visitantes al campo de concentración de Dachau y pudimos conocer de primera mano los campos de muerte en los que perecieron cerca de 50 mil personas. Guiados por antiguos prisioneros de ese campo, vimos películas, periódicos de la época, oímos las versiones directas de quienes habían sido torturados, humillados por los creadores del odio y de la muerte.

Salí de ese campo convencido que la humanidad no puede olvidar jamás lo que representó el holocausto, y que las nuevas generaciones de cualquier país, religión o credo político tienen necesariamente que conocer estas historias, porque no puede permitirse jamás una situación que significó quizás el momento más doloroso que haya tenido el hombre

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