Canción del pueblo judío asesinado

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Canción del pueblo judío asesinado. (Dos lid funem oysgehargetn yidishn folk )

Itzjak Katzenelson/Israel Internacional.-

¡Canta! Te llevo ligera, arpa hueca en la mano,
Golpea fuerte, con dedos pesados como corazones llenos de dolor
En sus finas cuerdas. Canta la última canción.
Canta sobre los últimos judíos en suelo europeo.

– ¿Cómo puedo cantar? ¿Cómo puedo abrir mis labios?
Yo, que me quedo solo en el desierto
Mi esposa, mis dos hijos, ¡ay!
Me estremezco … ¡Alguien está llorando! Lo oigo desde lejos.

¡Canta, canta! Alza tu voz atormentada y quebrada,
Búscalo, mira hacia arriba, si todavía está ahí
Cántale … cántale la última canción del último judío,
¿Quién vivió, murió sin enterrar y ya no existe?

– ¿Cómo puedo cantar? ¿Cómo puedo levantar la cabeza?
Mi esposa, mi Benzionke y Yomele un bebé deportados …
No están conmigo, pero nunca me abandonan.
¡Oh sombras oscuras de mis luces más brillantes, oh sombras frías y
ciegas!

– Canta, canta por última vez en la tierra.
Echa la cabeza hacia atrás; fija tus ojos en él.
Cántale por última vez, tócale con tu arpa;
¡No hay más judíos! Fueron asesinados,
ya no existen.

– ¿Cómo puedo cantar? ¿Cómo puedo levantar la cabeza?
con ojos nublados? Una lágrima helada
Nubla mi ojo, lucha por soltarse
Pero, Dios, Dios mío, no logra caer.

– ¡Canta, canta! Levanta los ojos hacia los cielos altos y ciegos
Como si un Dios estuviera allí, llámalo,
¡Como si todavía nos brillara una gran alegría allí!
¡Siéntate sobre las ruinas de los asesinados y canta!

-¿Cómo puedo cantar? Mi mundo está devastado.
¿Cómo puedo tocar con las manos arrugadas?
¿Dónde están mis muertos? Oh Dios, los busco en cada muladar,
En cada montón de cenizas. Oh dime dónde estás.

Gritad desde cada duna de arena, desde debajo de cada piedra,
Gritad desde el polvo, el fuego y el humo
Es tu sangre, tu savia, la médula de tus huesos,
¡Es tu carne y tu sangre! ¡Grita, grita fuerte!

Gritad desde las entrañas de las bestias en el bosque, desde los peces en el río
Que os devoraron. Gritad desde los hornos. Gritad, jóvenes y viejos.
Quiero un chillido, un grito, un sonido, quiero un sonido vuestro.
Grita, oh pueblo judío asesinado, grita, grita en voz alta.

No grites al cielo que es tan sordo como la tierra de muladar.
No le grites al sol, ni hables con esa lámpara. Si pudiera
¡Apágala como una lámpara en esta sombría cueva de asesinos!
¡Pueblo mío, eras más radiante que el sol, una luz más pura y brillante!

Muéstrate, pueblo mío. Emerge, extiende la mano
Desde las zanjas profundas, densas y de millas de largo,
Cubierto de cal y quemado, capa sobre capa,
¡Levántate! ¡Arriba! ¡desde la capa más profunda e inferior!

Venid de Treblinka, de Sobibor, de Auschwitz,
Venid de Belzec, de Ponari, de todos los demás campos,
Con los ojos bien abiertos, gritos congelados y gritos silenciosos,
Venid de los pantanos, profundamente hundidos, musgo asqueroso

Vamos, huesos judíos secos, molidos y triturados.
Venid, de un gran círculo a mi alrededor, un gran anillo
Abuelos, abuelas, padres, madres con bebés.
Venid, huesos judíos, del polvo y la sopa.

Emerged, revelaos a mí. Venid todos, venid.
Quiero veros. Quiero miraros. Quiero
Callado y en silencio contemplar a mi pueblo asesinado
Y cantaré, sí. ¡Pásame el arpa que tocaré!

(3-5 de octubre de 1943)

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*Leído por Silvia Schnessel en el acto de Conmemoración de las Víctimas del Holocausto en su ciudad.

 

**Itsjok Katzenelson se enfrentó cara a cara con el mal en el gueto de Varsovia el 14 de agosto de 1942. Al volver con su hijo mayor del taller en el que trabajaban, encuentran su habitación vacía. Su mujer y sus hijos menores habían sido deportados a un campo de exterminio.

A la catástrofe colectiva se suma ahora la personal. En el gueto está como en trance; escribe torrencialmente noche y día y sus poemas circulan en centenares de copias que llaman a la lucidez y a la resistencia frente al gran objetivo de exterminar y no dejar rastro.

Consciente de ello, impulsado por la desesperación, Katzenelson, preso ahora en un campo de internamiento en Vitell, Francia, al que había logrado huir con su hijo mayor, gracias a la ayuda del movimiento clandestino judío, compone una elegía que canta el horror. Un mes antes de su deportación a Auschwitz, donde se pierden sus huellas, Katzenelson oculta el manuscrito en tres botellas selladas y las entierra bajo las raíces retorcidas de un viejo pino, cuyas señas difunde entre sus compañeros.

El 12 de septiembre de 1944 Vittel es liberado y una interna, Miriam Novich, desentierra y da a luz El canto del pueblo judío asesinado.

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