Atlanta: el club de futbol judío en Argentina que quiere volver a Primera

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Atlanta es Villa Crespo, Villa Crespo es el corazón de la comunidad judía de Buenos Aires, y el triángulo se cierra con el cariño de miles de «rusos» hacia el club de un barrio tan tradicional como el mismísimo fútbol.

Redacción Israel Internacional.-

El portal Ynet Español publicó una reseña sobre este club de futbol, que tiene orígenes judíos y su vinculación con la comunidad judeo argentina, con el fin de conocer desde adentro esta historia de fútbol con pinceladas de judaísmo.

“La historia de Atlanta se empieza a vincular con la comunidad judía en 1922, cuando el club llega a Villa Crespo”, explica Federico Kotlar, periodista y autor del libro Atlanta, una historia de valientes, de publicación reciente. El 14 de enero de ese año está documentada la firma del alquiler del terreno que luego fuera comprado posteriormente. “Era un club pobre que buscaba las zonas más baratas de la ciudad para establecerse. Justamente el apodo «bohemios» surge porque hasta ese momento no había plata para mantenerse en un lugar determinado”, completó el escritor. Así, tras haberse fundado en 1904 en Villa Luro, y tras sucesivas mudanzas a Floresta, Parque Chacabuco, Caballito y Vélez Sarsfield, la institución encontró su lugar definitivo.

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El libro de Kotlar señala que ese mismo año ya había registro de un dirigente de Atlanta con apellido ashkenazí: Osvaldo Simón Piackin. Para ese momento los judíos de Buenos Aires ya habían establecidos sus escuelas, templos y comunidades. Villa Crespo, o Villa Kreplaj como lo rebautizó tiempo después el ingenio popular, fue uno de los barrios elegidos por el judaísmo porteño junto a Flores, Balvanera, Belgrano y Barracas. Pero, según Kotlar, en Villa Crespo había una característica distintiva, que era «el lugar de la ciudad en donde los judíos están más ‘integrados’, menos apegados a la cuestión religiosa, y tal vez por eso también el vínculo con Atlanta empezó a crecer”.

“Los chicos judíos que nacían y crecían en el barrio indefectiblemente se iban encariñando con Atlanta”, cuenta Nicolás Cajg, quien vivió ese proceso en carne propia. Cayetano, como se lo conoce públicamente en Argentina, es periodista deportivo y, aunque ya no vive cerca del club, es un embajador de la identidad bohemia cada vez que tiene la oportunidad de ratificarla ante un micrófono.

Al igual que Kotlar, Cayetano considera que el vínculo entre Atlanta y la colectividad es territorial y se potencia con la presidencia de León Kolbowski, responsable de la construcción del estadio inaugurado en 1960 y que, tras una remodelación a principios de este siglo, hoy lleva su nombre.

Además de trascendental para el crecimiento del club en general, la gestión de Kolbowski forjó lazos directos con el Estado de Israel: en 1963 el equipo viajó a Tel Aviv para enfrentar en partidos amistosos a la Selección Nacional y al Maccabi Tel Aviv. Fue la primera y –hasta ahora– única excursión bohemia fuera del continente americano.

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El club y la colectividad.

“En general, el judío de Altanta es ashkenazí y de clase media”, considera Sebastián Wainraich, humorista, actor, conductor y, por supuesto, bohemio.

A esa definición Federico Kotlar le agrega que también suele ser laico, cuestión vinculada a la demografía judía del barrio y a que “Atlanta juega muchas veces durante Shabat”, lo que implica una primera traba para que ultraortodoxos se acerquen al estadio. Una historia personal evidencia que Cayetano adhiere a esa visión secular del judaísmo.

El sábado de mi Bar Mitzvá, después del templo, fuimos a celebrar con mi familia y en medio del almuerzo me escapé a la cancha para ver Atlanta-Luján”, cuenta y luego se justifica con un argumento que a un judío más observador tal vez le parezca insuficiente “es que estábamos a pocas cuadras del estadio”. Los tres entrevistados destacan que dentro del club el vínculo entre los hinchas judíos y aquellos que no lo son es fluido y natural. Inclusive para Wainraich hay cierta confianza y complicidad: “El hincha no judío sabe palabras en idish, y hubo una época en que, cuando Atlanta hacía un gol, todos pero todos, les cantábamos a los rivales ‘el ruso, el ruso, el ruso te la puso’”.

El canto es la expresión popular por excelencia de los estadios de fútbol en Sudamérica. Y, como tal, puede despertar sonrisas como la estrofa que citó Wainraich. O mantenerse dentro de los límites del folklore como, por ejemplo, cuando la parte más ruidosa del estadio exige un acompañamiento de todo el público al ritmo de “ruso hay que gritar, si la vuelta quieren dar”.

Pero también hubo episodios menos felices. En la década del 90, en algunos partidos de Atlanta, se escucharon estrofas discriminatorias hacia los judíos dentro de las mismas tribunas del club. Y tiempo después hubo oportunidades en que hinchadas rivales entonaron cánticos antisemitas que provocaron la reacción de la DAIA ante la Asociación del Fútbol Argentino. Inclusive, en 2012, un partido que finalizó empatado ante Chacarita –el rival más acérrimo de Atlanta– se le dio por ganado al bohemio en castigo al club local “por expresiones de contenido racista, discriminatorio y xenófobo hacia la parcialidad visitante”.

“Por suerte eso ya no sucede”, afirma Cayetano. Kotlar coincide en que “más allá de algún grito aislado hace tiempo que no se escuchan cantos antisemitas”, y cuenta además que esos episodios fueron un aprendizaje personal.

“Me hago cargo de la parte que me toca y no canto consignas xenófobas, o que fomenten el odio y la discriminación, y cuando las escucho en la cancha de Atlanta me parece lamentable”, dice sobre una costumbre todavía tristemente arraigada en las tribunas del fútbol argentino.

Atlanta

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